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Cinco días para matar al Papa

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Produktdetails

Titel: Cinco días para matar al Papa
Autor/en: Iván Robledo

EAN: 9788494178238
Format:  EPUB ohne DRM
Sprache: Spanisch.
Familiy Sharing: Ja
Editorial Amarante

15. Februar 2014 - epub eBook - 237 Seiten

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En "Cinco días para matar al Papa" el sexo, la religión y la muerte se dan cita en Santiago de Compostela a cinco días de la llegada del Papa. Mientras los habitantes aguardan expectantes la visita, una muchacha, Sara, es seducida para que atente contra el Sumo Pontífice. El padre Brais, un visionario clérigo, heterodoxo y repudiado por la curia, intentará desbaratar esos propósitos valiéndose inútilmente de un pequeño grupo de fieles. Se interpondrán dos atolondradas agentes, Saladina y Francesca, caídas en desgracia profesional y destinadas a vigilar la visita del Papa, que se verán envueltas sin pretenderlo en esa persecución hasta convertirse en protagonistas. Cuando todo parece decidido, llegada la fecha, inesperados acontecimientos conducen a los protagonistas a una nueva encrucijada de cuya resolución dependerán sus vidas.
En una Compostela muy actual, los personajes viven sus tentaciones amparados en sus propias necesidades vitales y frustraciones emocionales. Cada personaje representa de este modo una manera de entender la vida, el amor, el deseo y la humanidad, visiones en apariencia contrapuestas pero que, vistas en conjunto, responden a la única necesidad vital de la persona, preguntarse quién es.
Iván Robledo (Pseudónimo)
Málaga, 1971. Es Licenciado en Derecho por la Universidad de Navarra (1994), ha trabajado como abogado civil y mercantil desde 1998 hasta 2008. Colaborador de diversos medios de comunicación en Andalucía (Diario Sur, Diario Jaén) y Galicia (SantiagoSiete); dirige la página de información digital compostelana "Lampreas y Boquerones". En 2010 fue finalista del Concurso de Relatos Café Compás (Valladolid).

Cinco días para matar al Papa


© 2013, Iván Robledo

© Edición ebook Editorial Amarante

 

Diseño de portada: Dto.gráfico Ed.Amarante

Fotografía de portada: “Santiago de Compostela Catedral”

Cortesía de Miguel Saavedra (A Coruña)

http://editorialamarante.es/

Editorial Amarante. octubre, 2013

 

ISBN: 978-84-941782-3-8

 

Índice


 

Prólogo para un lunes

I Martes

II Miércoles

III Jueves

IV Viernes

Viernes noche

V Sábado

Epílogo

 

PRÓLOGO PARA UN LUNES


 

A diez kilómetros de Santiago, en dirección a Lugo por la carretera nacional, envuelta en un bosque de pinos y castaños y apartada de cualquier vía principal, la ermita de San Cimbrao permanecía oculta desde hacía casi un siglo a la vista de forasteros y parroquianos. Aislada, olvidada de casi todos, un sacerdote eremita ocupaba desde hacía algo más de un lustro sus maltrechas dependencias ocupado en el estudio y la penitencia.

Aquella noche, mientras en la ciudad las doce campanadas de la Berenguela catedralicia daban paso a la llegada del martes, el sacerdote se flagelaba en el interior de la ermita frente a un gran crucifijo de madera policromada apoyado en el altar. Purgaba sus culpas y las de la ciudad lavando sus pecados, preparando la llegada del Sumo Pontífice en apenas unos días, el sábado siguiente. Recitaba, durante los azotes, el salmo cincuenta pidiendo por todos, por él el primero. Estaba desnudo de cintura para abajo y la sangre corría por sus piernas. A punto estaba de acabar cuan
do alzando la vista hacia la talla descubrió horrorizado que la pintura se había encarnado en la imagen real, auténtica, humana, de Nuestro Señor con los brazos abiertos. Le miró y le sonrió complacido.

—Tus súplicas han sido escuchadas, Brais, —dijo el aparecido descendiendo del madero,— eres mi predilecto. Ven, besa mis heridas.

El sacerdote, estupefacto, no pudo moverse.

—Ven, —repitió el hombre acercándose a él,— tu penitencia y tu humildad te han salvado.

Brais gritó:

—¡Fuera, maldito! Aléjate de mí. Eres una tentación, ¡fuera!

Echó a correr semidesnudo por la ermita y saliendo al pequeño prado que la circundaba se lanzó de cabeza sobre una zarza. La noche estaba cerrada, únicamente la débil luz que escapaba por la puerta del templo permitía adivinar las figuras en el exterior.

—Sabes quién soy, ¿verdad beato?

Una silueta de mujer, desnuda, acompañada de dos grandes perros se acercó a la zarza donde estaba refugiado el religioso. Solo podía adivinar los contornos y los ojos azules de aquella figura completamente oscura.

—Eres el Mal…

—Estúpido, soy su sierva, su doncella, su amante. He venido para preparar su camino, limpiar su senda. Hacerte callar de una puta vez. Dejad de maldecidnos, de perseguirnos, de fabular contra mi señor. Cesa tus infundios contra nos y allana el camino del bien.

—Él es el Mal…—balbuceó el cura aterrado por los ladridos de los perros.

—Mi señor es el bien, solo busca lo mejor para quienes le escuchan. Tú solo hablas de prohibiciones y mandamientos, él en cambio de libertad y de amor.

—Porque no le conocen, ignoran que
solo busca perderlos para la eternidad a cambio de una sola satisfacción en esta vida. Desconocen su maldad, su auténtico deseo.

—No tienen por qué saberlo, han de vivir como si no fuesen a morir nunca. Beato, tú solo deja de molestarnos, no te interpongas en nuestro camino y tal vez sobrevivas.

Al momento un fogonazo cegó al clérigo. Al desaparecer y abrir los ojos estaba solo en el silencio de la noche más oscura.

 

I MARTES


 

Levantar la copa de balón traslúcida y hacer mohines tras ella, torciendo la boca o quebrando grotesco la vista, tampoco logró hacer sonreír a Sara. Con semblante melancólico y pálido, la joven asistía a esa suerte de danza nupcial animal que Cástulo desplegaba sobre la barra del bar intentando hacerse ver a sus ojos límeos, y obtener la gracia inmerecida de su atención, su tiempo y su espacio.

—¿Qué puedo hacer para que me hagas caso?,— preguntó al fin, lastimoso, lanzándose de cabeza por tan peligroso atajo.

Sara volvió a fijar su vista en él, en su turbación y su miserable estado. Contraria a sus costumbres sintió pena por aquel muchacho inestable y vidrioso, bien compuesto pero descuidado en su estar. Sintió compasión y se limitó a decirle:

—Mata al Papa. Si lo logras te esperaré aquí mismo, en este lugar donde ahora nos encontramos. Sólo si eres capaz de hacer algo así por mí, sabré que eres persona que merece la pena.

Después de decirle esto cogió su vaso y se perdió en la penumbra ahumada del bar donde la esperaban Teresa y Nieves.

Cástulo la vio marchar hasta desaparecer entre las sombras. Atolondrado y bebido en exceso, calibró las posi
bilidades que aún tenía de acabar sus días, o al menos sus tardes, en los brazos escuálidos y tenaces de la joven. No era persona que se dejara intimidar ni mucho menos, pues su ego se lo impedía, pero sí sopesó la posibilidad de que le estuviera tomando el pelo. En el aire dibujó las probabilidades reales con las que contaba y con una rápida cuenta se convenció de su derrota. No podría hacerlo. Se bebió su licor en tres tragos, pagó caballeroso la bebida de su enemiga y se marchó de allí entre inciertas camballadas.

—¿Se puede saber qué le has dicho a ese?, —le preguntó a Sara una de las suyas—, mira cómo camina, parece que acaban de centrifugarlo.

—Nada en especial, se lo he puesto complicado pero no imposible. No ha sido el peor.

Y brindaron las tres entre risas silvestres, ocultas entre las oscuridades de aquel antro en el que los grandes deseos de las pequeñas personas no dejan pasar la luz.

Con sus veintiocho años cargados sobre los hombros, Cástulo alcanzó la calle y su lluvia inclemente. Levantaba los pies al caminar como un buzo para asegurar su paso, apoyando las manos en alguna imaginaria pared para conservar los últimos resquicios de equilibrio, observando sin comprender el barnizado del empedrado mojado y resbaladizo. Ajeno a la presencia de otros viandantes, apuntalaba su andar mientras buscaba la querencia de algún portal próximo en el que cobijarse. A unos pocos metros de allí encontró uno, estrecho e inhóspito, pero que al menos le guarecía del agua. Dejándose caer con la espalda apoyada en la puerta se preguntó de qué le servía ser rico si todo cuanto él deseaba no podía comprarse con dinero.

Y con este pensamiento yéndose a pique en su
mente anegada de licor, cerró los ojos y se quedó dormido.

—¿Has visto a ese? Me temo que habrá que hacer algo por él.

Frente a Cástulo, bajo un enorme paraguas, se habían detenido dos mujeres. Lo contemplaban con aire descuidado, cansino. Una era muy morena y se llamaba Saladina. La otra tenía el pelo del color de las castañas y se llamaba Francesca.

—¡Despierta! ¿Estás bien?

Saladina, agachada junto al convaleciente, comenzó a darle palmadas en la mejilla. Cuando Cástulo abrió los ojos sonrió un instante, pero al momento una sombra le cubrió su rostro. Cogió la mano de la mujer y susurró:

—Quiere que mate al Papa. Esta semana, cuando venga…

Saladina se sobresaltó al escuchar la confesión del ebrio.

—¿Quién, quién quiere matarlo?

Y Cástulo, a punto de perder de nuevo la conciencia, apuntó con su índice tembloroso hacia el local donde se perdieron sus vanas ilusiones amorosas con Sara. Apuntó y con la mirada perdida exclamó antes de volver a dormirse.

—¡Ella!

De nada sirvió volver a las palmadas o a agitarle por los hombros, su sueño y la desazón que le acompañaba eran demasiado profundos. Francesca les cubría inclinándose para protegerles con el paraguas. Viendo que era inútil hacerle volver a la realidad, buscaron en sus bolsillos hasta que encontraron su cartera. Dinero, mucho, y documentación, poca. La lluvia arreciaba y comenzó a empapar a las muchachas, los paseantes nocturnos aceleraban el paso y las escasas farolas simulaban ser imágenes impresionistas de aureolas anaranjadas.

—No podemos dejarlo aquí.

—¿No? Ya lo veremos.

Saladina c
ogió del brazo a su compañera y enfilaron la calle a paso ligero ignorando el agua y los suaves ronquidos de Cástulo. No llegaron, sin embargo, muy lejos. Apenas doblaron la primera esquina dos hombres les cerraron el paso mostrándoles lo que parecían ser sendas placas policiales.

—Al parecer, —dijo el mayor de ellos,— a las señoritas hienas les gusta probar la carroña. Hagan el favor de devolvernos los objetos de aquel desgraciado y acompáñennos a comisaría. Allí podrán secarse.

Saladina resopló contrariada, casi molesta. Levantó las palmas de las manos para mostrar sus intenciones y con dos dedos sacó del bolsillo interior de su cazadora de cuero una cartera para entregársela al policía. Este la abrió, y luego aún más los ojos, sonrió y se la pasó a su compañero, quien tampoco pudo reprimir un gesto de extrañeza.

—Discúlpennos, agentes, —se limitó a decirle a las mujeres devolviéndoles su identificación,— no podíamos imaginar que… al ver aquello… pensamos que se trataba de un hurto. Estos días nos encontramos un tanto sobrepasados.

—Lo comprendemos, —respondió Francesca, —la dichosa visita. Por ese motivo nos han destinado aquí. No se preocupen por...


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