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El ruido del silencio

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Produktdetails

Titel: El ruido del silencio
Autor/en: José Navarro Ballesteros

EAN: 9788494265365
Format:  EPUB ohne DRM
Sprache: Spanisch.
Familiy Sharing: Ja
Editorial Amarante

18. Mai 2014 - epub eBook - 220 Seiten

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"El ruido del silencio" es una novela de enorme actualidad. Cuando hablamos de los emigrantes que en los años sesenta y antes se abrieron camino en ciudades que necesitaban mano de obra, como Barcelona o Madrid, no podemos ni imaginar la soledad, la incomprensión, la dureza en que tuvieron que vivir , lejos de su tierra. Muchos salieron adelante, contribuyendo a construir una Barcelona más próspera en duras condiciones laborales; otros fracasaron, o quedaron en el camino.
Esta es la novela de uno de aquellos héroes anónimos. Desde un cortijo perdido en la provincia de Almería llega a Barcelona el joven Fabián Cartujano a cumplir sus sueños, triunfar en el cante. A los 16 años decide lanzarse solo a esa aventura sin más bagaje que su maleta y su morral, sin más riqueza que su voz privilegiada. No le será nada fácil el simple hecho de intentarlo. Desde la llegada a la gran ciudad, tiene que batirse duro en un medio que desconoce. A pesar de la explotación y la miseria en que ha de sobrevivir, no ceja hasta encontrar un hueco en las academias de música de Barcelona.
Describe tanto los amores tormentosos como los empeños frustrados y las fugaces victorias que no terminan de llevarlo a lo que con tantas privaciones persigue.
Todo ello forma un atrayente caleidoscopio que se va ensamblando a lo largo de la novela construyendo un retrato vívido y realista de un mundo y unos personajes que las palabras del narrador convierten en seres humanos de carne y hueso.
José Navarro Ballesteros
Carboneras (Almería), 1940.

Abandonó su pueblo natal a los 16 años de edad para emigrar a Barcelona, dispuesto a hacerse un hueco en el difícil y complejo mundo de la música. Estudió música e interpretación en distintas academias de la ciudad condal. Asiduo de tertulias artísticas, peñas recreativas y todo tipo de lugares donde hubiera algo que aprender. En sus comienzos también fue figurante en distintas películas.
Se traslada a Bélgica en 1964, para instalarse en la provincia de Lieja, en 1965 se afilia a la sociedad belga de autores, compositores y editores. Músico, compositor y productor, tiene registradas más de medio centenar de canciones en las que figura como autor compositor. No obstante, siempre empeñado en escribir cuentos, poesías y relatos largos; en su primera novela "El hijo del Aparcero" narra las vivencias de un personaje inventado por el autor, pero que tiene muchos puntos en común con lo que ha sido la vida de este viajero incansable. Además de "El ruido del silencio" tiene una importante obra, casi toda inédita, de la que destacan: "El destino", "La mujer del otro", "Las 500 putas", "Desertoras de la escoba" o "El barón de Chéster".

Los prestamistas


 

La empresa del capataz vio la luz tres meses más tarde. Era un tipo de empresas entonces muy frecuente: una oficina de colocación para trabajadores de la construcción dirigida por un “prestamista”, así llamado por dedicarse a contratar trabajadores y trabajadoras que después se proporcionaban a distintos constructores sin que estos tuvieran que asumirlos como propios, pues no los contrataban directamente, sino que trataban con los prestamistas, que eran quienes aseguraban al personal que “prestaban” y cotizaban por ellos las cargas sociales. Los empresarios pagaban a los prestamistas, y los prestamistas pagaban a los trabajadores; por cierto, apenas un tercio de lo que cobraban por ellos, con la particularidad añadida de que en la mayoría de los casos ni siquiera los declaraban a la seguridad social.

 

Fabián Cartujano siguió a don Antonio Caparrós en su aventura al igual que Serafín y otros compañeros, y como ellos, fue víctima del fraude social tan perfectamente organizado en aquella industriosa ciudad, pues su nuevo patrón lo tuvo dos años enteros trabajando sin asegurarlo ni declararlo en parte alguna. Tampoco en la fábrica en la que debutó lo habían declarado, pero es que ahora pasaban los meses y no veía llegar un mejor empleo, como prometió el capataz. En el contrato que le dieron ponía peón de albañil, y como peón de albañil lo tuvieron dos años enteros rodando de un lado a otro.

 

Llegó el domingo señalado para la mudanza a la otra pensión. En el tranvía, Fabián Cartujano se pudo sentar frente a una joven que ocupaba el asiento de madera del otro lado y se puso a mirar tranquilamente sus piernas, largas co
mo cuellos de jirafa; luego se atrevió con sus senos, puntiagudos como limones. Era una muchacha veinteañera de cabellos cortos vestida con blusa de color marrón claro y faldas blancas, adornadas las orejas con dos aros relucientes. En su piel, blanca como la leche, destacaban unos labios sonrosados. Al clavarle la mirada en sus ojos almendrados, la joven le brindó una sonrisa mientras cruzaba las piernas lentamente ofreciendo los encantos de su feminidad. Fabián Cartujano no sabía si mirarla a los hermosos ojos, que parecía que se lo querían comer, o recrearse contemplando aquel par de piernas tambaleándose con el traqueteo del tranvía y dejando entrever el encaje de unas braguitas amarillas que apenas le cubrían la mitad de su lado más íntimo. Recordó entonces a la nieta de don Marcelino, el del cortijo ancho cuando lo excitaba despatarrada a la sombra de la higuera, e hizo el paralelo con el presente…

— ¡Con razón decía mi abuela que en todas partes cuecen habas!

 

El espectáculo duró casi una hora. La muchacha cambiaba de postura constantemente y cada vez se subía un poco más las enaguas cuando el cobrador dejaba de observarla. Durante todo el tiempo que tuvo para estudiar y memorizar aquel cuerpo, Fabián Cartujano decidió que la niña estaba para comérsela y mucho más, y llegó a la sabia reflexión de que seguramente no volvería a verla en su vida, pero le serviría de consuelo a lo largo de muchas noches de soledad.

El tranvía atravesó la ciudad. Se detuvo por lo menos treinta veces para que unos descendieran y otros montaran, hasta que por fin se adentró en las Ramblas e hizo un alto frente a la calle Arco del Teatro. Él debía ir a la que quedaba justo al otro lado, de modo que
atravesó las Ramblas, emprendió calle arriba arrastrando su maleta, que cada día pesaba más, pasó frente a un cine donde la cartelera anunciaba una película con Ricardo Montalbán y otra con Sarita Montiel, y algo le hizo detenerse de repente en la vitrina de un restaurante: cinco hileras de pollos clavados en unas barras de acero estaban asándose a base de vueltas y más vueltas. Parecían ya dorados, y a cada vuelta dejaban caer chispas de grasa caliente que perfumaban el barrio entero. Era la primera vez que Fabián Cartujano veía algo semejante, y como ya casi eran las dos de la tarde, se pegó a la cristalera con la boca echa agua. A eso, se asomó a la puerta un mozo de servicio y Cartujano, ligeramente avergonzado, le preguntó:

— ¿Cuánto cuesta un pollo de esos, maestro?

— Si es para llevárselo, tres duros, pero si es para comérselo dentro, cuente por lo menos con cinco.

— Voy a llevar mi maleta y ahora mismito vuelvo.

— No te demores, que a las tres y media cerramos la cocina.

— ¡Pierda cuidado! —respondió Fabián Cartujano arrastrando la maleta al alejarse. Sabía a ciencia cierta que no podía volver por allí con dinero hasta quién sabía cuándo.

 

En el segundo piso de una vieja casa, en una de las calles más populares del barrio viejo de la ciudad, estaba su nueva morada. Era un piso de medianas dimensiones y alojaba a más de una docena de huéspedes. Los dueños, una pareja de edad avanzada, se habían reservado, para ellos y una hija ya casada, el único cuarto cuyas troneras daban a la calle. Lo habían dividido en tres diminutas partes para instalarse: en una, la hija con su esposo; en otra, donde apenas cabía la cunita, la nieta
; y por último, la de ellos dos en el rincón, que contaba con retrete y lavamanos.

— Los huéspedes no tienen que entrar en esa zona de la vivienda ni a asomarse al espacio que sirve de cocina. Pueden venir a sentarse en el comedor a la hora de la cena y entrar ahí, para usar el cuartito.

Fabián alargó la cabeza para verlo: dentro de ese cuartito pequeñísimo que daba al pasillo estaba el wáter y un minúsculo lavamanos. La casa, al igual que las otras viviendas del barrio, tampoco tenía baño. Los dueños se bañaban en un barreño de cobre heredado de una bisabuela y por su parte, la mayoría de los huéspedes lo hacían en las duchas públicas que había en una calle contigua.

— Ya sabes: te puedes duchar allí por dos reales si llevas jabón y toalla, y por una peseta si no.

Fabián Cartujano, como algunos de sus compañeros de pensión, solo las usaría los domingos, pues el resto de la semana podía lavarse en el trabajo.

Su “cuarto” era simplemente un catre de tijera, de metro y medio de largo por poco más de medio metro de anchura, pegado al muro del pasillo, solo protegido por un pedazo de jarapa colgado del techo que servía para separarlo del catre siguiente y del otro lado del corredor.

— Debajo del catre puedes guardar tus cosas —le indicaron como si fuera un gran privilegio.

 

Y allí colocó Fabián su maleta, donde desde entonces tenía preparada la ropa de diario y la muda de los domingos para cambiarse tras la ducha. Luego comprobaría que más de uno de los huéspedes consideraba las duchas demasiado caras y solo pasaban por ellas cuando dueños de la pensión y compañeros de cuarto se quejaran del olor qu
e sus cuerpos ya exhalaban.

En esas lamentables condiciones vivió Fabián Cartujano casi tres años, y acabó por acostumbrarse al modo de vida de aquella familia, que lo mataba de hambre pero por lo menos lo trataba con respeto, y a veces hasta con cariño.

 

La noticia llegó un día durante la cena: en la habitación del fondo iban a colocar dos hileras de camas en altura, pues esperaban más huéspedes y no tenían donde meterlos. El primero en solicitar una cama de las de arriba fue Fabián Cartujano, harto de respirar la humedad del suelo, esperando respirar en las alturas aires menos viciados que los que soportaba tirado por los suelos. Pero se confundía. Los techos eran tan bajos que podía tocarlos con las manos desde la litera, que al menos era más ancha que los catres de los pasillos y le permitía darse la vuelta sin miedo a rodar al suelo, gracias a las barandillas que protegían como en las cunas para recién nacidos. Y en cuanto al olor, el de las de abajo, ocupadas por los que nunca pasaban por las duchas, se desplazaba por los aires en busca de las narices de los que dormían arriba y no los dejaba ni respirar. Día tras día se decía que ya era simplemente imposible aguantar una noche entera en aquellas condiciones. Tanto Fabián como el otro de al lado decidieron bajarse de las alturas, y tras pasar la noche en el comedor, sentados junto al parapeto donde dormía Justo el tranviario, le dieron un catre de los del suelo.

 

Justo era un íntimo amigo del yerno de los dueños. Los dos trabajaban en los tranvías, uno cobraba a los viajeros y el otro conducía. Como tenía más experiencia en la compañía, el amigo estaba mejor remunerado, pero Justo era soltero y sin compromiso, no tenía a nadie que manten
er ni cuentas que rendir a nadie, así que ahorraba más de la mitad de lo que le pagaban. En la pensión le habían preparado un lugar de privilegio, un rincón del comedor donde cada noche le acomodaban un catre de dimensiones considerables, ocultado por parapetos forrados de lona oscura para protegerlo de la claridad y de los ruidos de los demás. Para asearse, Justo podía utilizar el barreño de los señores, y hasta se llegó a decir que en ocasiones lo compartía con la hija, que era la esposa de su amigo.

Fabián Cartujano daba vueltas a todo eso en su humilde cama. No es que la mujer fuese una diosa en cuestión belleza, pero era una joven muy hermosa, a menudo sola porque el marido estaba fuera casi todo el día. Como era hija única y heredaría sus bienes, él hacía jornada doble para tener contentos a los suegros, pero claro… —pensaba Fabián— sería inútil si ellos, que tenían los ojos clavados en la nieta, vivían tantos años como para que la niña, que también era hija única… Ella es la que podría ser rica de verdad, puesto que lo heredaría todo. Y… para eso aún faltaba mucho. Mezclando...


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