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La corrupción necesaria (Otra manera de pensar)

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Produktdetails

Titel: La corrupción necesaria (Otra manera de pensar)
Autor/en: Julián Sanz Pascual

EAN: 9788416214129
Format:  EPUB ohne DRM
Sprache: Spanisch.
Familiy Sharing: Ja
Editorial Amarante

20. Juli 2014 - epub eBook - 230 Seiten

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Julián Sanz Pascual nos presenta un tema de rabiosa actualidad que a bien seguro provocará sorpresa a cualquiera que lo lea. Una manera de entender el cosmos que no dejará indiferente a nadie. Lejos de justificar la corrupción, el autor nos dice que pocas cosas tienen hoy tan mala prensa entre nosotros como la corrupción, lo que nos llevaría a pensar que el ideal sería acabar con ella de la manera más contundente. Sin embargo, estudiada a fondo, resulta que la corrupción no es un cuerpo extraño en nuestra sociedad, sino que es algo sustancial de la misma. La necesidad de la corrupción arranca de la inexistencia de una fórmula definitiva que haga que la sociedad funcione como el mecanismo de un perfecto reloj. De aquí el complemento al título: "Otra manera de pensar". La necesidad de corrupción, como motor regenerador, no se da sólo en el ámbito de lo social y de lo político, sino en todos los ámbitos del saber y de la actividad humana, por no decir en todos los asuntos de la vida, pues en ninguno hasta ahora se ha conseguido la fórmula definitiva en la que todas las cosas puedan encontrar su sitio. El hombre ha estado siempre tratando de encontrar gobiernos perfectos para una sociedad que no lo es, hasta que hace veinticinco siglos los griegos propusieron la democracia como fórmula imperfecta, pues es la madre de todas las corrupciones. Sin embargo, la única alternativa que hay a la democracia es la dictadura, lo que es tanto como decir el muro contra el que se va a estrellar cualquier iniciativa de progreso que arranque de lo más saneado de la sociedad.

Introducción


 

Una de las primeras y más hondas preocupaciones de nuestra sociedad de hoy es la corrupción. Por supuesto que nosotros aquí nos vamos a referir principalmente a la de nuestro anciano país. Los escándalos que con excesiva frecuencia se producen nos tienen a todos obnubilados. Se entiende a los que pretendemos ser, o parecer al menos, ciudadanos honestos, si es que hay alguno que no se esfuerce por hondear en torno suyo tan honrosa bandera. Hay que señalar, sin embargo, que en realidad la corrupción no está tan extendida como a primera vista aparece, sino que la que hoy tan mal nos huele es el resultado del exceso de información a que estamos condenados, debido sin duda al exceso de medios que padecemos. Esto es lo que posiblemente esté haciendo de la corrupción un tema estrella, al menos en lo que se refiere a la abundancia de metralla que a diario llega a nuestros oídos, nada equilibrada por cierto en relación al resto de las cuestiones que también suelen preocupar al ciudadano de a pie. Es que quizá la ley de la física que mejor y más pronto asumimos es la llamada ley de Murphy, que las cosas tienden a ir mal. La consecuencia es que lo que más y mejor se vende son las malas noticias.

La verdad es que, si echamos la vista atrás, aunque nada más sea a la historia que la gente mayor de ahora puede alcanzar con su memoria, y la comparamos con lo que hoy tenemos más al día y a la vista, bien se puede decir que nos encontramos en el mismísimo Paraíso Terrenal. Basta recordar una guerra civil tan horrorosa como la del 36, con una posguerra llena de calamidades y de carencias, una férrea dictadura de casi cuarenta años en la que no había libertad ni siquiera para la denuncia pública de cualquier corrupci&o
acute;n, al menos de la que podía molestar al poder político. Claro que, si echamos la vista aún más hacia atrás y recurrimos ya a los libros de historia, aunque nada más sea a la de España, yo al menos me siento profundamente afortunado de vivir en este mundo de hoy, de manera que, a pesar de tantísima corrupción como se nos denuncia cada día, no me cambio por ninguna otra etapa de la historia de nuestro país, ni siquiera por aquella que a los escolares se nos presentaba como la más gloriosa, cuando éramos la envidia del mundo como cabeza de un Imperio en el que no se ponía el Sol. Claro que esto lo digo con la mentalidad liberal o libertina que tenemos hoy en nuestra corrompida democracia, porque con una mentalidad de sumisión a la que la gente estaba acostumbrada en aquellos tiempos de tanto escaparate, hasta pudiéramos haber sido felices. Porque ésta es la cuestión, que lo que cuenta para que seamos felices o no, no son tanto las circunstancias en las que nos toque vivir como la mentalidad, por no decir la actitud con la que las asumamos. Pero además ésta es una ley universal, de la biología cuando menos. Pensemos aunque nada más sea en una simpática rana. Suponemos que a su manera tendrá momentos de felicidad como nosotros. Y esto porque ha sabido asumir creativamente las circunstancias en que se encuentra en cada momento, que la permiten ser feliz incluso enterrada en el fango. Dicho en otros términos, la rana se ha creado una mentalidad que le ha permitido tener éxito en su vida, al menos el relativo, el único al que puede aspirar. Hay que añadir que esta especie tiene una multitud de variedades, que no son más que formas distintas o respuestas distintas a las distintas circunstancias a que ha tenido que hacer frente. Se podía decir que las difer
entes formas de vida, aún en la misma especie, son el resultado de haber hecho frente de manera corrupta a las diferentes realidades que se han ido produciendo a su alrededor, lo que es tanto como decir al dinamismo natural de todas las cosas. La cuestión es así de simple: toda especie, por no decir todo individuo vivo, descubre una fórmula en la que le va a ir más o menos bien, pero inevitablemente un día esta fórmula es desbordada por la casuística que se va produciendo, no quedándole otra alternativa que la corrupción, es decir, romper con esa fórmula.

Volviendo al hombre y refiriéndonos a la mentalidad que nuestra religión tradicional imprimía en la gente de a pie en aquellos siglos tan gloriosos de nuestro llamado Siglo de Oro, me vienen a la memoria unas palabras que Rousseau pone en su Contrato social:

 

“El cristianismo no predica sino sumisión y dependencia. Su espíritu es harto favorable a la tiranía para que ella no se aproveche de ellos siempre. Los verdaderos cristianos están hechos para ser esclavos; lo saben, y no se conmueven demasiado: esta corta vida ofrece poco valor a sus ojos” [1]

 

Por supuesto que, con una mentalidad así, tal como la que presenta Rousseau referida a los cristianos, el mundo aquel, aún en medio de tantas falsedades y corrupciones como la historia de aquellos siglos hoy nos muestra, las que la Ilustración se encargó de denunciar en el siglo XVIII, el Siglo de las Luces se le ha llamado, podía ser un verdadero Paraíso Terrenal, pues no había protestas ni revueltas callejeras, sino que todo el mundo era feliz, al menos según la cara con que se asomaba a la calle cada mañana. Entonces, la ruptura con esa situación aparentemente edénica, que fue a la
que dedicaron sus mayores críticas los ilustrados como Rousseau, se puede considerar como la mayor corrupción, la causa de todos los males, por no decir de todas las corrupciones que vinieron después hasta nuestros días. En efecto, aquella ruptura con lo que hasta entonces había sido aceptado, aunque sólo fuese de manera aparente, rompía unos diques que hasta ese momento habían servido de contención. Ahora bien, ¿de contención para quién? ¿Para las altas esferas o para las bajas? Ésta es la cuestión. Si nos fijamos en las altas esferas de nuestra historia, aunque nada más sea desde el siglo XV de los llamados Retes Católicos, la corrupción fue el motor más potente de aquella sociedad. En las bajas esferas, sin embargo, la corrupción con respecto al acatamiento a las leyes dadas por el poder estaba controlada, si no era con medios persuasivos más o menos místicos, lo era con medios represivos, a veces muy duros, como era perecer quemado vivo en una plaza pública. Otra cosa eran las corrupciones bajeras, las de unos ciudadanos con otros, generalmente los de las escalas más altas contra los de las escalas más bajas. Y en ese ambiente hay que inscribir el género literario que se llamó la novela picaresca, siendo la más genial sin duda, al menos a juicio del que esto escribe, El Lazarillo de Tormes. Se trata de un muchacho que pertenecía a la clase social más baja, la de los mendigos, que comienza enfrentándose a su primer amo, el ciego, de su propia clase, tan mendigo como él, pero investido con la autoridad del jefe; después hubo de vérselas con un clérigo muy avaro al que entró a servir y que, teniendo un arca llena de pan, le hacía pasar más hambre que a un pobre africano de hoy; a continuaci&oacut
e;n, ya como criado de un miembro de la nobleza, aunque fuese de la baja, pues se trataba de un simple escudero, que no sólo no le daba de comer, sino que, para saciar su propia hambre, terminó aprovechándose de los mendrugos que el pobre Lázaro había adquirido mediante la mendicidad, y eso que, según el mismo Lázaro comenta de manera muy aguda, “la caridad se subió al cielo”.

El mecanismo para mantener aquellas situaciones de tan flagrante injusticia no era otro que activar la mentalidad sumisa de la gente, la que se basaba en una interpretación sesgada y maliciosa de aquella conocida sentencia del evangelio que dice: “si te dan en la mejilla derecha pon la izquierda”, que es a la que se refería Rousseau. El éxito de las clases dominantes, amparadas nada menos que en estos principios que parecen tan evangélicos, por no decir tan celestiales, consistía en infundir en el pueblo llano una sumisión absoluta, de origen divino además, la que a ellos les permitía tener las más plácidas digestiones, también el mantenimiento de los más injustos privilegios con la anuencia del estamento popular, de la masa más inculta y adormilada, la que asistía fervorosa como si fuese una fiesta a los autos de fe en que a un ser humano se le quemaba vivo, como ya hemos dicho, lo que se suponía era la mejor pedagogía para acabar con la corrupción, pues era la esterilización más absoluta, la de acabar con el corrupto y con todos sus gérmenes.

La verdad es que al ciudadano llano lo que más le llega al alma es lo más real de la vida, lo más duro, aquello con lo que más se identifica, lo que más da de sí a los medios para poder llenar páginas y más páginas revolviendo y volviendo a revolver la noticia h
asta dejarla irreconocible. Por otra parte, se ha dicho, y creo que con razón, que nuestra más eficaz formación, como ciudadanos al menos, se basa en los modelos, tanto en los que nos ofrece la experiencia de la vida como en los que nos ofrecen las diferentes artes: hoy sería el cine y la televisión como artes de masas, también las revistas ilustradas y las que sólo tienen palabras; de igual suerte la novela y el teatro. Y los que más éxito tienen, y esto es lo preocupante, son los modelos negativos, los que más dan de sí, los más terribles porque son con los que más nos solemos identificar a pesar de ser los más rechazados y resbaladizos, o precisamente por eso, pues en realidad ésa es la dialéctica de la vida.

En todas estas artes, se supone que sus autores se van a centrar en hechos singulares, en los que no ocurren a diario, en los más duros y turbios a poder ser. Estoy pensando en la novela y en el cine de terror, también en lo que se llama la novela y el cine negro, más o menos...


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