En esta parodia de la historia de la civilizació n, Anatole France ha elegido como protagonista a un animal gracioso y endomingado que recuerda a la caricatura de los burgueses de finales del XIX y principios del XX: los pingü inos. La isla de los pingü inos arranca con un episodio hilarante: el bautizo por error, a cargo de san Maë l, de los pingü inos del á rtico. A partir de ahí , Anatole France describe en forma novelada los rasgos má s notables de la historia de la humanidad, mezclando el amor y la guerra, el poder absoluto y la revolució n, la religió n y la especulació n financiera, incluso insinuando la guerra nuclear y denunciando los rasgos caracterí sticos del actual proceso de globalizació n, que a lo que se ve, no son nada nuevos. Es difí cil a veces contener la risa al leer este texto heredero de Rabelais y Swift y que se anticipa a Orwell.
Anatole France recibió el Premio Nobel en 1921. Acadé mico desde 1896, defendió a Zola ? vilipendiado por su defensa de Dreyfus? con entusiasmo, se convirtió en un ardiente militante socialista (soy socialista por placer, dirí a) y fue uno de los fundadores del perió dico L? Humanité en 1904. Proust lo convertirí a, bajo el nombre de Bergotte, en uno de los personajes de En busca del tiempo perdido.
Má s agnó stico que ateo, má s liberal que progresista, má s libertino que enamoradizo, má s moralista que filó sofo, en sus ú ltimos añ os se habí a convertido en el escritor má s odiado por los surrealistas. Murió en 1924. Su silló n en la Academia fue ocupado por un escritor que estaba artí sticamente en sus antí podas: Paul Valé ry.
Amarga a veces, pero siempre impregnada de humor negro, La isla de los pingü inos parece haber sido escrita para los lectores de hoy.