Como consultor, directivo y emprendedor en diversos sectores, empresas y multinacionales y asimismo como profesor de posgrado, unode mis objetivos principales es ayudar a jefes, colegas, subordinados y alumnos a tomar mejores decisiones. Confieso que miestrategia, durante muchos años, fue tratar de que sean másracionales y pongan bajo control la intuición y las emociones. Después de todo, pensaba que las recientes investigaciones de cómofunciona nuestra mente apenas vislumbran la influencia de cada uno delos factores anteriormente señalados, pero, en general, seguíasiendo una suerte de caja negra de imprevisibles resultados.
Durante los primeros años de mi ejercicio profesional y académico, observaba cómo la voluntad de mi audiencia por mejorar se estrellabacon fuerzas inconscientes que echaban por tierra sus deseos, yperjudicaban la calidad de sus decisiones en clase y en el trabajo. Esta frustración, tuvo finalmente consuelo cuando los últimosavances en neurociencias vinieron en nuestro auxilio, abriendo lacaja negra y explicando que nuestra mente no funciona como creíamos, y que la dicotomía entre lógica y sentimiento es más compleja de lopensado y, por tanto, todo intento de usarla en nuestras decisiones, lejos de ser pertinente, puede ser muy dañino y autodestructivo.