Hay una sola cosa que no muere: la fortuna. Y siempre está buscando manos nuevas a las que aferrarse.
Don Vito se hizo a sí mismo, piedra por piedra, arrancándole a la tierra mala un imperio que hoy vale más de lo que nadie, en su familia, sabe contar. Siete hijos, veintidós nietos, y una sola pregunta debajo de cada almuerzo dominical: ¿a quién irá todo, el día que el viejo cierre los ojos?
El abuelo ya decidió. No eligió al más bueno ni al primogénito: eligió al más duro, al único capaz de sostener la fortuna y no dispersarla. Se llama Michele, y tiene seis años la primera vez que el viejo lo mira desde el otro extremo de la mesa y lo reconoce.
Desde ese día empieza una historia de predilección y de odio, de un muchacho puesto al frente de un patrimonio que no es suyo y que deberá defender, solo, contra todos, durante toda su vida. Una historia en la que cada victoria cuesta algo, y en la que el hombre que gana corre el riesgo de descubrir, demasiado tarde, que se ha convertido exactamente en aquello que lo había condenado.
Una tragedia de la fortuna en la tradición del verismo siciliano: el ascenso de un hombre que lo consigue todo y, al conseguirlo, pierde lo único que importa.