
Él quiere ser ligero. Ella quiere que le devuelva las llaves. Y, ya puestos, los dos años de su vida que ha perdido por su culpa.
Adam ha dejado a Greta. Dice que necesita estar solo, que la pareja le resta libertad, que no quiere hacerle daño. Greta tiene unas cuantas cosas que decir al respecto. Y unas amigas dispuestas a escucharlas todas.
Lo que empieza como la autopsia de una ruptura acaba poniendo bajo sospecha mucho más que a un exnovio: el amor, el trabajo, la independencia y un mandato que las mujeres reciben desde que nacen: estar disponibles. Para cuidar, para comprender, para anticiparse a los deseos ajenos. Para ponerse en el lugar del otro, aunque el otro nunca se ponga en el suyo. Con pareja o sin ella, son las eternas disponibles. Pero qué pasa cuando una se cansa de serlo? Y cómo se deja de esperar a alguien cuando todavía se desea que vuelva?
Ácida, íntima y descaradamente divertida, Jenn Díaz nos sienta en una conversación entre amigas en la que la rabia convive con la ternura y ninguna contradicción se queda fuera. Una novela punzante, que se lee como una confesión cercana, y convierte el desamor en una pregunta incómoda: por qué la libertad de unos tiene que pagarla siempre otra?
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